Jose Manuel Aguilar Cuenca

Yo, herético

La tribuna

10 de octubre 2009 - 01:00

HACE una semana me encontraba en Colombia, invitado por una fundación de apoyo a la infancia. He estado departiendo con todos los operadores de justicia (jueces, abogados, psicólogos, etc.) sobre la situación de los menores en los procesos de divorcio. Allí, como aquí, los hijos que ven cómo sus padres se hunden en un divorcio contencioso son objeto de maltrato psicológico, bien introduciéndoles en el proceso legal, mediante falsas denuncias, bien utilizándolos para golpear al otro, mediante su manipulación. A eso súmenle corrupción por doquier y con ello habrán alcanzado a ver lo que me he encontrado.

Mientras tanto en mi país, y amparado por el Ministerio de Igualdad y prologado por uno de sus más destacados miembros, se ha publicado un libro que pretende defender que esto no existe. Aún más, que la manipulación de los hijos en los procesos de divorcio es un invento de unos pocos profesionales ignorantes, cuando no pedófilos y maltratadores. ¡Y tan anchos!

Yo, que profeso esa creencia, pues de hecho fui el primer autor en lengua española en publicar un libro sobre el tema que ahora es error en materia de fe, he de reconocer mi profundo agradecimiento por tal disparate. Primero, por el orgullo de sentirme en el mismo grupo de aquellos cuyos libros fueron apilados en la plaza pública para ser quemados, prohibidos por obscenos o heréticos, en resumen, por contrarios a la fe establecida. Segundo, por haber provocado que la quinta edición de mi libro se agotara en una semana. Tercero, por demostrar lo atinado de la dedicatoria que reza en mi tercer ensayo: "A los que pensaban que la Tierra es plana, la sangre no circula por el cuerpo o el hombre no desciende del mono, que tan grandes han hecho a aquellos que se les opusieron".

En el mundo que pretenden crear nuestros políticos hemos pasado de la búsqueda de un nuevo orden social al intento de un nuevo orden narrativo. Con su locuacidad, lindante con el paroxismo, se busca cambiar la conducta mediante la manipulación de las emociones, utilizando el lenguaje como instrumento. Y de esta forma, en vez de hablar de subida de impuestos, se afirma que "el Gobierno va a acometer una serie de impulsos fiscales extraordinario" (según el presidente del Gobierno), o "en los Presupuestos hemos introducido unas modificaciones tributarias" (según el vicepresidente Chaves), o "el Gobierno ha promovido un esfuerzo fiscal colectivo" (según la vicepresidenta Fernández) o, para finalizar, se va a producir un "ajuste fiscal" (ministro de Fomento dixit). ¡Casi ná!

En este mundo organizado sobre la narración, donde los hechos son sistemáticamente purgados si no se ajustan al guión establecido, uno se encuentra frecuentemente desorientado. Próceres del progresismo como Pedro Almodóvar defienden a violadores de menores confesos como Polanski, ante el conveniente silencio del mismo Ministerio de Igualdad. Esta conducta no es nueva, y así les recuerdo que uno de los iconos de semejante tendencia político narrativa es Norman Mailer, un escritor que apuñaló a su esposa y apoyó la salida de la cárcel de Jack Abbott, un asesino que, nada más salir, volvió a asesinar.

En este estado de cosas uno necesita guía preclara. Estimado Ministerio, el que esto firma y como escritor que es, ¿de cuántas violaciones dispone sin pasar por los juzgados? ¿Cuántos robos, apuñalamientos o abuso a menores? Es por aquello de saber a qué atenerme.

Tras la publicación, una madre afectada por lo que aquel libro niega, remitió a los medios una carta del presidente del Gobierno, carta que yo poseo y nunca he difundido en años. En ella el presidente agradece mi trabajo y reconoce el serio problema que describo en mi libro. Lo que ha venido a exponer a la luz pública, si cabe, la falta de fondo intelectual y coherencia de los planteamientos apoyados por el Ministerio de Igualdad.

Mientras generaciones anteriores tuvieron la lucha política como ideario y aspiración, mi generación va a tener que plantear su frente de conquista social en aspirar a la realidad, frente a políticos entregados al relato de deseos y leyendas, todo ello aderezado con medios que hace tiempo olvidaron que el verbo que les acompañaba era comunicación y no propaganda. El ridículo de algunos a la hora de defender asertos como los planteados por semejante publicación me han proporcionado momentos de regocijo impagables. Es lo que tiene intentar tapar el sol con un dedo.

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