Claribel Calderius: “Dicen que hay que callar a los monstruos, pero hay que hablar con ellos”
La creadora cubana afincada en México inaugura este jueves en el CAAC ‘Sensemayá. Cánticos para matar a la culebra’, una pieza que ha ideado para la Capilla de San Bruno.
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“¡Mayombe—bombe—mayombé! / ¡Mayombe—bombe—mayombé! / ¡Mayombe—bombe—mayombé! / La culebra tiene los ojos de vidrio; / la culebra viene y se enreda en un palo; / con sus ojos de vidrio, en un palo, / con sus ojos de vidrio”. El poeta cubano Nicolás Guillén atrapó en los versos de Sensemayá (Canto para matar a una culebra) la cadencia con la que sus antepasados africanos invocaban a los dioses. Su paisana Claribel Calderius (La Habana, 1986) inaugura este jueves en el Centro Andaluz de Arte Contemporáneo (CAAC) su primera muestra individual en España, un proyecto creado para la Capilla de San Bruno que toma el título del poema de Guillén. Calderius, que dejó su ciudad natal cuando cumplió la mayoría de edad y residió en Sao Paulo y Madrid antes de instalarse en Mérida, Yucatán, vuelve a las raíces en esta hermosa instalación donde su autora plasma a través del bordado esa culebra que en su travesía –juego y música– refleja la fina línea que separa la vida y la muerte.
Pregunta.–En sus creaciones está muy presente la espiritualidad.
Respuesta.–Le contaré antes una historia que quizás explique mi obra. Cuando era niña, mataron a mi padre porque era guardaespaldas de Fidel Castro y dimitió. Parece que murió de un disparo en un ojo, aunque nos dieron varias versiones, como que le habían pasado una pistola y se le había disparado. Yo seguí hablando con mi papá después de que muriera, actuaba como si lo viese. Una psicóloga le recomendó a mi madre que me llevara a una santera, porque parecía que yo era vidente, para que me quitaran eso. Me hicieron todo tipo de rituales: con cartas, con café, con caracoles, con cocos... Y años después estoy trabajando con esta simbología afrocubana que no sé por qué me atrae tanto.
P.–Se entiende: ese imaginario está ligado a sus orígenes, pero además es muy poderoso. Tiene que ser muy inspirador para una artista.
R.–Está lleno de parábolas, de patakís, que te cuentan historias, y tú debes conectar eso con tu propia vida. Yo empecé a investigar el tema pero fue difícil porque en la religión las mujeres no podemos trabajar los símbolos. Existen las santeras, pero los máximos sacerdotes, aquí también, son los hombres. En una leyenda del Palo Monte el secreto de la divinidad lo tiene un pez, pero ese secreto le es manifestado a una mujer y esa mujer lo revela... Así que ese conocimiento nos está vetado, pero yo llegué a él por un libro que conseguí en internet y comprobé que sin querer había trabajado en un imaginario muy parecido, quizás porque vi algo de niña y se quedó en mi subconsciente. Decidí crear mis propios símbolos para no tener problemas con los abakuás ni con los ifás. Forjé una simbología muy personal, vinculada con mi experiencia de vida.
P.–¿Cómo traduce su propia biografía a sus obras?
R.–En ellas aparece, por ejemplo, un personaje con el ojo dañado. Me han dicho muchas veces por qué ojo le entró la bala a mi padre, pero a mí se me olvida, supongo que porque tengo memoria selectiva y se me olvida lo malo. Esa imagen se repite en mis obras, como las figuras que tienen cuerpo o cabeza, pero nunca las dos cosas. Tratamos todo el tiempo de controlar nuestro cerebro porque nuestro cuerpo sufre, tenemos mil dolencias por todo lo que nos va corroyendo el pensamiento. Me pasó una anécdota divertida al respecto: la amiga de mi hija quería que yo la adoptara, porque me tenía mucho cariño, pero un día entró en el estudio y vio todos esos cuerpos sin cabeza, esas cabezas sin cuerpos, y me dijo: Mejor no [ríe].
P.–Para la pieza del CAAC se inspira en un poema de Nicolás Guillén, que se titula como la exposición.
R.–Me encanta ese texto, porque es un poema, pero también es un canto. Al final, la serpiente muere, pero en la religión morir te convierte en un santo, con la muerte pasas a un nivel superior. Según estas creencias todos estamos aquí, los vivos y los muertos, unos físicamente y otros no, convivimos las diferentes energías. Para los mayas, la serpiente representa la fertilidad, y en todas las pirámides hay culebras talladas en la piedra. Para mí, la serpiente significa renovación, resiliencia, es mudar la piel y empezar de nuevo cuantas veces sea necesario.
P.–Está trabajando en la Capilla de San Bruno. ¿Qué le sugiere un espacio expositivo tan singular?
R.–En mi infancia, en Cuba, no se podía entrar en las iglesias, pero mi padre, antes de morir, nos abrió una a mi hermana y a mí y nos dijo: Entren y mírenlo todo. Y cuando salimos nos comentó: Ustedes nunca estuvieron aquí. De modo que cuando Jimena [Blázquez, directora del CAAC y comisaria de la exposición] me hizo la propuesta pensé que ahora tenía una capilla para mí misma. Estoy fascinada, pero también siento que perturbo la paz de este lugar con esta simbología, y al mismo tiempo la propuesta es un juego con el sincretismo que ya existía. Es muy interesante leer cómo los esclavos rezaban delante de los españoles: parecía que estaban orando al dios del colonizador, pero como los españoles no entendían su idioma hablaban en realidad con sus divinidades. Una mezcla así se da en esta exposición, y me parece muy estimulante.
P.–Escoger como lenguaje artístico el bordado, en otros tiempos relegado a la esfera doméstica y minusvalorado, tiene algo de reivindicación.
R.–Para mí, el bordado es una terapia. Además de una catarsis, es una manera de meditación. Me permite dibujar de una manera más profunda, penetrar en el yute [la arpillera] y sacar todo lo que tengo dentro. Yo no sé ni coser un botón, pero sin embargo el bordado lo vivo como un trance, puedo pasarme horas en el estudio y no hacer una pausa para comer. Me da tanta paz que, si viajo y no puedo bordar durante días, me entra la ansiedad.
P.–Usted se ha definido en alguna entrevista como “una niña de ocho años que aún pinta monstruos”.
R.–La infancia tiene mucha presencia en mi trabajo, y para una serie visité los orfanatos de Cuba. Había una veta masoquista en eso, porque me hacía daño conocer las historias de esos niños, pero por alguna razón necesitaba hablar del tema. No he abandonado a la niña que fui: yo creo que ese es el secreto que te mantiene viva. Durante el Covid tuve miedo de perder a esa niña. Yo quiero seguir asombrándome. Nos dicen mucho que hay que callar a los monstruos, pero no es así: yo creo que lo que hay que hacer es hablar con ellos.
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