El expolio de la casa de JRJ

Un día de abril de 1939, un grupo de falangista entró en el domicilio madrileño del Nobel de Literatura apropiándose de, entre otros objetos, el retrato que le había hecho Daniel Vázquez Díaz.

Juan C. León Brázquez

29 de abril 2014 - 06:56

Un día de abril de 1939, hace ya 75 años, a los pocos días de acabar la Guerra Civil española, un grupo de falangistas saqueó la casa que Juan Ramón Jiménez tenía en la madrileña calle Padilla, desapareciendo parte de su obra y el conocido retrato que, en 1916, le hizo su amigo el pintor nervense Daniel Vázquez Díaz, al que tenía en gran aprecio. El poeta de Moguer se encontraba en Estados Unidos, su estancia del primer exilio, y solo volvió a España tras morir en Puerto Rico, en 1958. No era ningún "fugitivo de la España Roja", como lo había calificado Manuel Aznar, sino una persona comprometida con la libertad. Él le contestó que era "libremente leal a la democracia y a sí mismo". Nunca olvidó aquel episodio.

Oficialmente, la contienda española había terminado el 1 de abril de 1939, según el parte de guerra firmado por el general Franco. Los vencedores, dueños absolutos del país, no se conformaron con la brutal represión que siguió al final de la contienda. Necesitaban borrar toda huella cultural del régimen derrotado y Juan Ramón Jiménez era un convencido republicano. Vivía de sus propios medios y -según él mismo relata- nunca recibió dinero del Estado, ni en la Monarquía ni en la República. Tuvo que acudir al Monte de Piedad para empeñar objetos personales que le permitieran sobrevivir. Sin embargo, no dudó en proteger con su propio peculio a un grupo de niños huérfanos, a quienes mantenía en todas sus necesidades, en un piso de la calle Velázquez de Madrid. (Mundo Gráfico tituló en 1936: "JRJ y su esposa han instalado un piso para atender a doce chiquillos abandonados"). Firmó varios manifiestos durante la República, entre ellos uno que pedía clemencia para los condenados por los sucesos revolucionarios de Asturias y otro pocos días después del golpe del 18 de julio de 1936, en el que algunos intelectuales afirmaban "estar del lado del Gobierno, de la República y del Pueblo, que con tan ejemplar heroísmo está combatiendo por sus libertades". El saqueo a su casa coincidió con su estancia en Estados Unidos, mientras participaba en Miami en actos a favor de los exiliados republicanos.

La casa de JRJ era su castillo, su fortaleza, donde apiñaba ordenadamente todos sus escritos y documentos. Carmen Zulueta visitó la casa en plena República y, en La España que pudo ser dejó testimonio de aquel espacio interior: "Nos recibió Zenobia en una salita muy bien arreglada y después pasamos al despacho de JRJ. En esa época Juan Ramón vivía obsesionado por el ruido. Creía que los ruidos que venían de la calle eran parte de un complot para perturbar su paz y su tranquilidad necesarias para escribir. Zenobia le había hecho forrar su despacho de corcho aislante para que no penetrase un solo ruido de claxon o de vendedor ambulante y le había puesto ventanas dobles, muy poco frecuentes en aquella época en que el ruido era parte de la vida de todos los españoles. Cuando entramos allí estaba el poeta, pálido, con su barba negra de Greco, vestido de negro, sentado ante una mesa llena de papeles-cuartillas, octavillas, en las que escribía con su enrevesada letra de jeroglífico, sus poesías y sus ensayos". Ya la República se encargó durante su ausencia de proteger la casa, tal como recoge la carta que la criada Luisa Andrés remitió al amigo íntimo y secretario de JRJ, el literato Juan Guerrero Ruiz, en febrero de 1937.

Su apoyo público y continuo a la República le granjeó la enemistad de los más radicales del nuevo régimen, por lo que nada más ocupar Madrid decidieron ir a su domicilio y saquearlo. Juan Ramón Jiménez supo de los nombres de los confiscadores y en un libro póstumo autobiográfico titulado Guerra en España, publicado inicialmente por Seix Barral, en 1985, se recogieron solo las iniciales de los asaltantes. La editorial, a pesar de que Franco había muerto una década antes, temió las demandas jurídicas de quienes no salían muy bien parados y censuró no solo los nombres de los asaltantes al domicilio de JRJ, sino otros muchos documentos comprometedores. En 2009, la edición que 24 años antes había realizado Pedro Crespo fue revisada y ampliada enormemente por Soledad González Ródenas, poniendo al descubierto sin matices ni censuras aquellos nombres, y aun viviendo el principal acusado, el periodista Carlos Sentís.

Lo cierto es que las acusaciones de Juan Ramón se conocían por la antología de cartas que su paisano Francisco Garfias fue rescatando con menciones al sensible tema en publicaciones de Aguilar, 1962; de Picazo,1973 y de Bruguera, 1977. La cosa se iba conociendo, a pesar de la discreción con la que JRJ había llevado el caso. No obstante, el suceso se revitalizó en el centenario del nacimiento del poeta, cuando en el mes de enero de 1981 apareció una carta publicada en el diario El País, firmada por Arturo del Villar Santamaría, quien apuntó directamente a Carlos Sentís, Félix Ros y Carlos Martínez Barbeito, quienes -según la acusación- acudieron al domicilio del poeta y lo saquearon. La revelación dio lugar a una serie de contrarréplicas de los acusados. El entonces diputado de UCD, Carlos Sentís, se defendió en el mismo diario diciendo que todo era un ataque que se le hacía por haber sido elegido en aquel entonces para la vicepresidencia de la Comisión de Asuntos Exteriores, por el presidente del Gobierno Adolfo Suárez, pero no hizo ninguna alusión a la acusación concreta de saqueador que se le hacía. Posteriormente, en sus Memorias de un Espectador, publicadas por Destino en 2007, rechazaba que hubiera sido uno de los integrantes de aquel comando falangista expoliador. También Martínez Barbeito contestó en carta a El País, reconociendo el asalto, pero justificándolo para salvar algunos papeles que -decía- había devuelto al poeta. El tercer acusado había muerto y no pudo dar su versión, aunque se sabe que también devolvió parte de lo incautado. En marzo de 1981, en el número 252 de la revista Interviú, Arturo del Villar reiteró su acusación en un artículo que no encontró entonces ninguna réplica de los acusados. Carlos Sentís no solo fue acusado de dirigir aquel saqueo, sino de apropiarse de numerosos documentos del poeta que nunca devolvió, aun cuando murió en 2011, a punto de cumplir cien años. Sus dos compinches sí accedieron a devolver algunos manuscritos y libros del poeta. El amigo de JRJ, Juan Guerrero, dejó escrito que lo ocurrido debió ser ideado por el cuervecillo ciruela Sesepe (José Bergamín) e incluso las sospechas recayeron sobre el poeta Pedro Salinas, por su amistad con los asaltantes.

En el primero izquierda del número 38 de la calle Padilla tenía, desde 1929, su residencia en Madrid el matrimonio formado por Juan Ramón Jiménez y Zenobia Camprubí. En la fecha del saqueo, abril de 1939, el matrimonio Jiménez-Camprubí ya se encontraba en Estados Unidos cumpliendo una misión diplomática/cultural encomendada directamente por el presidente de la República, Manuel Azaña. Fue una excusa para alejarlo de España al inicio de la guerra, ya que Juan Ramón había rechazado la propuesta anterior que se le había hecho a través de Constancia de la Mora, nieta de Antonio Maura y esposa del general Hidalgo de Cisneros, para convertirse en embajador en algún país de América. El poeta pensaba, no solo que no estaba capacitado técnicamente, sino que consideraba que "salir de España sería desertar, una cobardía", según su amigo Juan Guerrero. No obstante, Azaña pensó que Juan Ramón podía hacer mucho por la causa republicana en EEUU, especialmente porque su cuñado José Camprubí dirigía La Prensa, el diario en español de Nueva York. La misión la aceptó JRJ por su compromiso con la República, a pesar de que había tenido muchos problemas con los elementos más izquierdistas en los inicios de la guerra. Llegó a EEUU con pasaporte diplomático y al poco vaticinó ante los periodistas norteamericanos que la guerra española era el prólogo de una guerra mundial, cosa que atrajo poca atención, ya que en aquellos momentos estaban inmersos en la campaña electoral a la que Roosevelt concurría para la reelección presidencial, por lo que no se prestaba mucha escucha a los problemas europeos. "Todos se rieron de mí. Era tan sencillo todo. Con haber leído Mi Lucha, de Hitler, hubiera bastado", llegó a decir el poeta. Inmediatamente el matrimonio se implicó en la organización, a través de La Prensa, de una suscripción para la Protección de Menores, con lo que en solo seis meses (Septiembre 1936 - marzo 1937) consiguió enviar para los niños víctimas de la guerra más de 2.000 dólares de entonces. Así comenzó aquel periplo del primer exilio entre Nueva York-La Habana-Miami. El matrimonio había salido de España el 22 de agosto de 1936 y se embarcó días después en Cherburgo rumbo a Nueva York, llevando consigo solo lo imprescindible en dos ligeras maletas, por lo que atrás quedaron, en su piso de Madrid, todos sus manuscritos, cartas y la inmensa colección de libros y otros objetos acumulados en años por su intensa relación con la intelectualidad del país.

Aquel domicilio de la calle Padilla quedó a cargo de su asistenta doméstica, Luisa Andrés, quien a los pocos días de acabar la guerra, tuvo que franquear la entrada al piso de aquellos matones. Era el "primer año triunfal" y los uniformes y la actitud chulesca y bravucona no admitía ninguna resistencia. Estaba muy asustada, pues era de familia republicana combatiente en el bando perdedor y no sabía qué podía pasarle. En la calle esperaba una furgoneta de la Delegación de Prensa y Propaganda del nuevo régimen, que dio varios viajes para cargar cuanto saquearon. Se puede entender que pudieran buscar documentos comprometedores para el matrimonio literato, pero no se entiende que aquellos camisas azules, adornados con el yugo y la flecha, extendiesen las alfombras y sobre ellas depositaran arbitrariamente objetos artísticos y cotidianos, manuscritos, cartas y libros, que rápidamente acumularon desordenadamente bajo la asustada mirada de la criada. En el batiburrillo de aquel saqueo iba un pequeño dibujo-retrato en carboncillo sobre papel, dedicado por Vázquez Díaz a su amigo Juan Ramón, tantas veces reproducido. Según Carmen Hernández-Pinzón, sobrina-nieta del poeta, JRJ no lo tenía enmarcado y lo guardaba aprisionado entre las páginas de un robusto libro de arte para que no se le arrugara. Afortunadamente, el poeta fotografió el dibujo a carboncillo que guardaba como su preferido, a pesar de otros dibujos y lienzos que Vázquez Díaz le había realizado. Aquel sencillo dibujo es quizás hoy la mejor iconografía del poeta moguereño y sigue sin conocerse su paradero. Aunque hay quien ha querido hacer pasar algún dibujo/copia como el verdadero, lo cierto es que al estar reproducido en blanco y negro lo descalifica, ya que todo se debe a que la foto que hizo JRJ fue en blanco y negro, cuando el original, según dejó señalado Zenobia, estaba dibujado en papel color sepia.

JRJ siempre vivió con el dolor de la pérdida y luchó por recuperar lo que en aquel día de abril de hace 75 años le robaron. JRJ había perdido en la guerra a su sobrino-ahijado, del mismo nombre que el poeta, luchando en el bando nacional en el frente de Teruel, lo que le causó una enorme depresión. Pero otros dos sobrinos, solo dos días después del saqueo, acudieron al domicilio de Madrid donde la criada les dio pormenorizada cuenta de todo lo que había sucedido. Rápidamente se movilizaron, tratando de recuperar lo sustraído, e instaron a Luisa Andrés a que denunciara el robo. También acudieron al poeta falangista Luis Felipe Vivanco, que estaba en el Servicio Nacional de Prensa y Propaganda, quien les indicó que la Falange no tenía nada que ver en el asunto y que nunca había encomendado esa misión, por lo que los causantes del expolio habían actuado por cuenta propia. De hecho, muchos libros del poeta fueron recuperados en establecimientos de libros viejos, con las dedicatorias arrancadas, pero con anotaciones al margen del propio JRJ, ya que tenía por costumbre realizar dichas notas. El propio Azorín encontró uno de sus libros dedicados al poeta y se extrañó de que no tuviera la dedicatoria que le hizo. Así fue como gran parte de aquel patrimonio se dispersó sin ningún control. Vivanco se interesó por el tema y consiguió recuperar parte de lo sustraído, quedando bajo su cuidado en Prensa y Propaganda. También se colocó un aviso en la portada del domicilio que quedó bajo la protección del Servicio Militar de Defensa del Patrimonio Artístico para evitar nuevos saqueos. Al enterarse el poeta de lo sucedido, volvió a caer en estado depresivo, por lo que tuvieron que hospitalizarlo en varias ocasiones en EEUU, tanto en Miami como en Marylan, en cuya Universidad dio clases entre 1944 y 1946. JRJ inició inmediatamente y durante años una serie epistolar con autoridades y poetas de la época, e incluso con los propios acusados, tratando de recuperar la totalidad de su patrimonio, especialmente sus cartas y manuscritos. Tal cosa nunca se consiguió, de ahí que JRJ mantuviera correspondencia con Juan Guerrero, quien hizo de intermediario en toda esta cuestión, así como con José María Pemán, quien también intervino con cierta fortuna en el asunto, o con el propio Sánchez Mazas, además de con los tres implicados directos.

En una carta dirigida a Carlos Martínez Barbeito, en noviembre de 1939, le pide expresamente una lista "de lo que Vds. conservan. Se trata de volver a reunir, como yo pueda, lo que había reunido (manuscritos, libros propios y ajenos) y que ahora más que antes necesito para mi trabajo". Fue quien más se involucró en devolver lo que tenía: "Una caja blanca repleta de papelitos de varias clases, la cartera de piel amarilla y unos 25 vols. que conservaba en su poder […] supongo que todo, no lo sé. De lo llevado por Ros -dice en carta Juan Guerrero- no se ha logrado que devuelva otras cosas". Un año después, la denuncia de Luisa Andrés tuvo efectos, pues se dio orden de detención por hurto contra Ros y Carlos Sentís, pero JRJ sufrió presiones y pidió a la criada que, para evitar reacciones negativas, retirase la denuncia (Sumario nº 14940) para intentar arreglar amistosamente el tema, cosa que hizo ante el Juzgado nº 12 de Madrid. Ros devolvió algunas pertenencias de JRJ; Sentís nunca devolvió nada.

Contaba Francisco Hernández Pinzón, su sobrino Paco, que el corresponsal de ABC en EEUU, Josep María Massip, quiso entrevistar a JRJ, tras obtener el Premio Nobel en 1956, mientras cuidaba a su esposa Zenobia en un hospital de Puerto Rico, pero al negarse el poeta a recibirlo sugirió al periodista que lo abordara en el pasillo cuando saliese a comer. Massip así lo hizo y, para ganarse al poeta, le dijo que durante la República había sido diputado de ERC, lo que llevó a contestar a JRJ que "o mucho ha cambiado usted, o mucho ha cambiado ABC". Y al responder que había sustituido a Carlos Sentís en la corresponsalía, JRJ le dijo: "Ese señor es un ladrón. Se lo puedo decir con toda seguridad porque al que robó fue a mí". JRJ murió dos años después, también en Puerto Rico, llevando al límite su compromiso social y político negándose volver a España en vida, a pesar del Premio Nobel que le había abierto claramente la posibilidad del regreso. La herida del saqueo perduró en su angustia del exilio.

No hay comentarios

Ver los Comentarios

También te puede interesar

Patrimonio religioso onubense

El Patriarca San José en el arte onubense

Lo último