'Fantasías de Picasso': Manuel Terán lleva al autor del ‘Guernica’ hasta Japón
Arte
El artista chileno afincado en Madrid inaugura este mes en Tokio una muestra en la que pone a dialogar el ímpetu del genio malagueño con la delicadeza de Hokusai.
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El sueño de la esposa del pescador, la estampa del japonés Katsushika Hokusai, noquea en su crudeza y la diversidad de lecturas que plantea: el espectador duda si ante esa joya del shunga (arte erótico nipón), la imagen de una mujer cubierta por los tentáculos de dos pulpos, debe sentir el escalofrío del delirio al que nos llevan las pesadillas o reconocer los monstruos que a veces alumbra el deseo. En una de sus obras, el pintor Manuel Terán adentra en esta escena a Picasso, ataviado con su característica camiseta de rayas y rematado el cuerpo por una cabeza de minotauro, y su irrupción también resulta intrigante. ¿Admira el genio malagueño, como parece sugerir la sonrisa que asoma por la testa de mimbre que cubre su rostro, el atrevimiento que mostró un siglo antes el maestro asiático? ¿Ha encontrado quizás en la imaginación desatada y perversa de esa xilografía la encarnación de su subconsciente?
Fantasías de Picasso, la exposición que el artista chileno afincado en Madrid Manuel Terán inaugura a final de este mes en la galería Geek/Art de Tokio, enfrenta dos modos de hacer: los del andaluz, “tan irreverente y tan expresivo”, y el japonés, de técnica “precisa y delicada”. “Tradición y modernidad se fusionan en un diálogo vibrante entre dos figuras revolucionarias: Katsushika Hokusai y Pablo Picasso”, dice la galería japonesa en las notas promocionales de la muestra, una cita comisariada por Alejandro Fontgivell y respaldada por la Embajada de España en Japón y el Instituto Cervantes que se acompañará de la publicación de un libro-catálogo. “Con una mirada fresca al pasado, Terán fusiona la imaginería clásica con el lenguaje audaz de la estética pop contemporánea”, se lee en la web de la sala de Tokio.
Fantasías de Picasso, de la que su autor ya compartió recientemente un adelanto en el Ateneo de Madrid, donde exhibió otras dos series en las que ha trabajado, Tributo a Fontana y Making-of, escoge al creador del Guernica como “símbolo de todos los artistas” y del “ego insaciable” que mortifica a algunos de ellos. Picasso, uno de los visionarios más celebrados de la historia, es en la mirada de Terán un hombre que tiembla, atormentado por las dudas, la inseguridad, la envidia, pero también un niño dispuesto al juego: es revelador que Pikachu, la criatura de la saga Pokemon, con una sonoridad tan similar en el nombre al malagueño, aparezca en estas revisiones. “Aquí me interesa el personaje de Picasso, más que el artista. Su estilo no es lo que yo busco en la pintura y no he querido reproducirlo. Tiene un dibujo magnífico, pero es muy visceral y yo soy más racional. Pero en él me gusta cómo se entrelazan la obra y la vida, cómo sigue sus impulsos sin complejos”, señala Terán, que mantuvo una entrevista con este periódico la pasada semana en Sevilla.
Echo de menos en la formación trabajar más la técnica. Y copiar a los maestros es un aprendizaje enorme”
El creador del cubismo ya formaba parte, como un actor secundario, de una de las propuestas de Terán, Tributo a los genios y genias. En una de esas piezas, el chileno colocaba a Picasso ante el homenaje que Antonio Saura le hizo a un retrato suyo de Dora Maar. Ahora, en estas Fantasías, Picasso ya no es solo un espectador pasivo que contempla un cuadro, sino un virtuoso que necesita reafirmarse en la comparación con los otros. “A veces, ese diálogo le sale bien y otras mal”, desvela el pintor sobre sus creaciones: cuando Picasso ocupa el madero del Crucificado de Dalí da la impresión, con la cabeza agachada, de estar claudicando ante el genio de su compatriota.
Terán considera ilustrativo de la intensa ambición de Picasso un pecado de juventud, un momento que ha incorporado a sus Fantasías: tras la visita del estudio de Matisse, abrumado por el talento de su anfitrión, con el que compartiría el podio de las figuras incontestables del siglo XX, Picasso se dedicó a lanzar dardos al cuadro que el maestro le había regalado.
Con Hokusai, en el que se centra esta colección que presentará en Tokio –compuesta por 11 pinturas y un biombo–, Picasso “muestra más respeto” en la visión de Terán. Los espectros a los que dio forma el japonés zarandean la conciencia del español y el recuerdo del suicidio de su amigo Carlos Casagemas –el titulo de una pieza así lo indica– incomoda su siesta en una hamaca. A veces, Picasso se lleva las manos a la boca, ruborizado, ante la fogosidad de los amantes que inmortalizan las estampas de Hokusai; en otras ocasiones añade algún detalle al conjunto, como cuando interviene La gran ola de Kanagawa, una de las imágenes más icónicas de la historia del arte. Pero la personalidad arrolladora de Picasso no se queda atrás: la efigie de una mujer que llora revela que el malagueño también posee un sello inconfundible. “¿Qué es lo que pasa? ¿Se está ahogando esa mujer? ¿Ha habido un naufragio? ¿Un tsunami?”, se pregunta Terán, que prefiere las obras con lecturas abiertas que se completen en la mirada del público.
Terán asegura que los viajes a Japón han dinamitado las ideas que tenía sobre el arte de ese país y manifiesta su entusiasmo ante el Ukiyo-e. “Sólo la traducción, que significa Imágenes del mundo flotante, ya me emociona, porque es un nombre precioso. Y los temas que escoge la estampa japonesa, el ocio, la cotidianidad, con el Monte Fuji o la gente pescando, conectan mucho con mi sensibilidad de pintor realista”, argumenta el creador. En el museo de Kokusai, Terán quedó deslumbrado con un detalle que no había previsto: un pasillo dedicado a la caligrafía. “La importancia del trazo, la dirección, el ritmo y la simplicidad dentro de la complejidad me dieron pistas para darle sentido a todo, especialmente a las diferencias entre mis propias formas e influencias. Como artista chileno-español, mi formación siempre estuvo teñida por la tradición occidental, principalmente la pintura flamenca, española e italiana”, analiza el artista en el catálogo que se publicará en Japón.
Picasso era visceral y yo soy en cambio muy racional. Pero lo admiro: sabía hablar un lenguaje universal”
Hay en la producción artística de Terán, en su conversación con el pasado, toda una reflexión sobre el concepto de autoría, una reivindicación del legado que dejaron los maestros. “Con esta serie, pero también con las anteriores”, explica, “me marqué el desafío de no copiar, no imitar la técnica. Yo tomo la imagen pero la llevo a mi terreno, a mi manera de representar. Por ejemplo, en mi tributo a Pollock podía haber recurrido a sus mismos procesos, al dripping, a lo de lanzar pintura, pero reproduje eso con un pincel”, cuenta.
Para el filósofo y crítico de arte Fernando Castro Flórez, con sus obras Terán “está dejando huellas claras de su amor por la pintura, traduciendo a su lenguaje a grandes artistas, citando, pero también desplazando lo visto. Sus tributos son retratos de pinturas, un ingenioso juego de espejos, una mise en abyme. No quiere repetir los gestos o el estilo original sino entonar con su propia voz lo que ha visto”.
En sus diálogos, declara Terán, se abre siempre una puerta al conocimiento. “Algo que echo de menos, en mi formación en Chile pero también en las clases en España, es que la parte más técnica se ha perdido. Si tú quieres ser pintor, hacer copias de los grandes maestros es toda una escuela”, opina. ¿Qué ha aprendido en su acercamiento a Picasso? “Maneja una temática universal. Coloca a una mujer llorando y eso se entiende aquí y en África. Sabe cómo conectar con la gente de todo el mundo, con sus emociones”.
El interés del arte japonés por la vida cotidiana conecta con mi sensibilidad de pintor realista”
Las investigaciones de Fantasías de Picasso se prolongarán en una serie de esculturas que está previsto se expongan en Corea del Sur y en las que su protagonista, el autor de Las señoritas de Aviñón, se impregna de las esencias de otros creadores como Jeff Koons, Louise Bourgeois, Alexander Calder o Robert Indiana. Aquí, como en las obras anteriores, no falta “el humor, un humor negro a veces”, las ganas de jugar. “El componente lúdico puede ayudar a que la gente aprenda nociones del arte, sepa quién es un artista al que antes no conocía, vea la araña de Bourgeois y construya una historia”, defiende Terán, que se rebela contra esa seriedad impostada que a veces se respira en los museos.
“Cuando empecé a trabajar en el proyecto, de hecho, pensé en titularlo Lo sacro y lo profano, porque me interesaba profanar obras que algunos consideraban sagradas, intocables”. En la sensibilidad de Terán, el arte siempre es una fuente de disfrute.
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