Javier Sánchez Menéndez

Anormalidad

Los afanes

12 de diciembre 2019 - 01:34

Anadie sorprende el hecho de que en los tiempos que corren lo anormal sea ya lo normal. Y aquello que era normal ha pasado a ser anormal. ¿Estamos confundidos o estamos equivocados? Confundidos o equivocados lo cierto es que andamos dando bandazos de un sitio para otro sin tomar conciencia de lo que realmente importa. Y una de las causas fundamentales de tanto trasiego y de mayor despropósito es que ni se lee, ni hay interés en hacerlo.

Y nos ocurre como al pobre Kingsley, tiene una idea buena pero no tiene el menor rigor (todo eso es ya mucho más antiguo y simultáneo), y por último, al tratar de explicar que ese "algo místico", aunque sea heterodoxo, no carece de interés, se lía más que una pelota, el pobre. Vergüenza, hay que tener vergüenza. Un poco de vergüenza, al fin y al cabo. En literatura la mayor heroicidad radica en la papelera, ya sea física o de reciclaje. Se debe destruir el 99% de lo que se crea, por lo menos. ¡Si las papeleras hablaran! Pero como ahora nos hemos convertido en anormales, todo lo que se crea -aunque sea para nosotros- tiene valor. Y estamos muy, pero que muy equivocados.

Si hay algo que no ha cambiado con el paso del tiempo es el sentido de la destrucción, la existencia de la papelera. Según nos cuenta Diógenes Laercio, Metrocles decía que sus escritos eran "fantasmas de sueños infernales", nos dice que incluso llegó a quemar sus apuntes sobre Teofrasto indicando: "Acude aquí, Hefesto, Tetis te necesita ahora". Lo normal ahora es ser un "prolífico charlatán", como era Antístenes. El tal Antístenes decía que los sabios no debían leer libros para no distraerse en sus escritos. Pero Antístenes era un cínico. Y ahora todos nosotros nos estamos volviendo cínicos, tenemos buenos maestros.

Si hubiéramos leído más, y hubiésemos destruido mucho más, lo normal seguiría siendo normal. Toda esta falta de sentido común nos aleja de la justicia, de la bondad y la belleza. Y es que nos conformamos con poco, nos hemos vuelto muy poco exigentes. Nos hemos despreocupado de los asuntos cotidianos para crear una atmósfera saludable para nosotros. Amasamos desvergüenza y cinismo, y los elogios los fabricamos para hacernos mucho mayores, para hacernos creer lo que nunca ha sido ni será.

Decía Confucio "Si no conocemos la vida, ¿qué vamos a saber de la muerte?". Si no queremos conocer la verdad ¿por qué vivimos en la mentira? Si seguimos reventando las humanidades seguiremos siendo anormales.

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