05 de enero 2024 - 05:00

Las teorías del conocimiento fijan los pedestales que las soportan en instrumentos que permiten saber en qué lugar está la autenticidad, esa cosa intangible y maleable tan poco valorada en los tiempos que corren, por lo que siempre fue y será sujeto de controversia.

La palabra ha perdido su valor iniciático de fundamentación de lo que son las cosas y los hechos, y ha sido sustituida por una algarabía en la que el ruido y las imágenes, presentados en nuevos soportes de información no permiten seguir discurso alguno sino todo lo contario, confundir al que pretende escuchar o saber qué cosa ocurre a su redor y cuál es la realidad dentro de tantas mentiras como se nos cuentan. Pero, además, para desgracia nuestra, lo que hoy se valora es la retórica: esa capacidad de algunos para demostrar que una cosa y su contraria son ciertas.

Desgraciadamente la retórica, que en principio no ha de ser dañina, está siendo utilizada por los nuevos mercaderes para vendernos no sólo artículos que para nada necesitamos, sino para manejarnos como a muñequitos de feria: como a simples guiñoles.

De donde se deduce, que, en este mundo cínico y antitético como se dijo, el que dice una cosa y hace la contraria suele ser conceptuado por muchos como el más listo. Habrá quienes piensen al leer este diserto que he perdido la razón, pero, no, quizá esté recuperándola, que no es poco ante tamaña confusión generalizada.

Pongamos que un servidor público, que se debe al pueblo, al pueblo representa y del pueblo percibe sus haberes, aplica las leyes a los demás y él se las salta. Bueno, pues en todos esos casos, estamos ante un cínico como la copa de un pino centenario. Esos alumnos del meteco Antístenes y de la que Diógenes fue su mejor representante otrora, en nuestros días han sido superados por infinidad de artistas que andan por ahí riéndose de todos nosotros ya ejerzan de políticos, de religiosos, de empresarios, de catedráticos, de banqueros o como simples extorsionadores, y son los que sostienen la batuta del pensamiento circulante a través de los múltiples y variados canales que gobiernan o controlan.

Cuál es el problema a mi entender, pues la falta de ética, ese fiel de la balanza que representa la justicia social y que ha desaparecido de nuestras vidas: se la han cargado de un plumazo artero y brutal. Es más, si usted trata de aplicarla en su vida o demandarla a los demás, mejor no lo diga porque lo tomarán por un imbécil.

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