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Crónicas levantiscas
Juan M. Marqués Perales
¡Por fin la derecha!
No sé si eres de los que les gusta alardear de que se ducha todos los días, pero a mí no me engañas. Seguro que algún fin de semana, de estos tranquilos de quedarse en casa y socializar poco, tu piel no ha sido regada por ese manantial sagrado que fluye entre montañas. No te avergüences, todos lo hacemos, y el que diga lo contrario miente como un bellaco; y más en estas fechas, en las que despojarse del ropaje en un cuarto de baño frío y desolador te puede costar seis estornudos, moquera acuosa intermitente y escalofríos en menos de cinco segundos.
La limpieza personal y las costumbres de aseo han evolucionado profundamente a lo largo de la historia. Los romanos convirtieron el baño en un evento social imprescindible, en la Edad Media las fragancias eran más protagonistas y en Japón siempre se mantuvo una cultura de baño diario. En otros lugares, la limpieza ha estado vinculada a rituales espirituales y de purificación. Con la llegada de la Revolución Industrial y la producción masiva de jabón, la higiene moderna comenzó a tomar forma, extendiéndose la costumbre del baño frecuente en gran parte del mundo. En cualquier caso, lo que antes era un lujo o incluso un peligro, hoy es una rutina debatida entre la necesidad biológica y las normas sociales.
Algo que influye directamente en la frecuencia de ducha de cualquier individuo es el olor corporal. Es un rasgo único de cada persona, condicionado por factores biológicos, genéticos y ambientales. Si has tenido suerte en la tómbola hereditaria y tu cuerpo no es un festival de aromas que desata evacuaciones en el transporte público, es posible que la ducha diaria no sea una necesidad ineludible de todos los días. Si me dan a elegir entre poseer una esencia marcada o ser fea, lo tengo clarísimo: prefiero ser fea. Es algo que molesta pero sólo al principio, después una se acostumbra, y los demás también. A oler fragancias poco agradables nadie se acostumbra. Y si soy fea, ya me preocuparé por ser simpática, por lo menos.
Antes de rendirnos a las bondades de la ducha, en casos de pereza máxima o falta de gas se puede practicar la higiene por zonas estratégicas, el aseo selectivo de áreas clave del cuerpo, la limpieza focalizada de regiones de mayor necesidad, el aseo localizado para el mantenimiento de la frescura o la limpieza segmentada de áreas propensas a la acumulación de fragancias que no son bienvenidas.
Los dermatólogos advierten que ducharse todos los días puede no ser tan beneficioso como creemos. El agua caliente y el jabón eliminan los aceites naturales de la piel. Lo ideal, dicen los expertos, es ducharse cuando realmente lo necesites. ¿Ejercicio? Sí. ¿Calor infernal? También. ¿Día tranquilo en casa en invierno? Pues no es necesario, oiga.
Alguien dijo una vez que “un buen perfume no necesita presentación, pero una mala fragancia es una declaración en sí misma”. Parece que ese alguien tuvo una mala cita.
Yo me voy a la ducha, dicen que es donde surgen las mejores ideas.¡Feliz jueves!
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