E l rostro de santa t eresa

Confabulario

02 de abril 2025 - 03:04

El viernes se presentó en Alba de Tormes el rostro de Teresa de Cepeda y Ahumada, santa Teresa de Jesús, modelado por la profesora australiana Jennifer Mann, a partir de datos antropométricos y descripciones de época. Se trata, por tanto, de una aproximación veraz al aspecto de la santa, suponemos que no exenta de benevolencia. En la edición de Su Vida que hace fray Luis de León, el místico señala dos cuestiones de importancia; la primera es que para conocer bien a la santa (a diferencia de Juan de la Cruz, él no la conoció) prefería acudir a sus obras, y no tanto a su aspecto. La segunda es que quienes pretendían enmendar la escritura de Teresa de Jesús, adolecen de una atrevida ignorancia; “porque si entendieran bien el castellano, vieran que es la misma elegancia”.

Con esto no sugerimos nada contra la reconstrucción del físico de la santa. La señora Mann ha presentado el rostro sereno y la mirada audaz de una mujer madura. Probablemente, el rostro de la santa. Uno, sin embargo, quisiera glosar las audacias literarias de doña Teresa Cepeda, en tanto que compositora de una autobiografía de suma originalidad, que va desde las vidas de santos a los libros de caballerías y el molde andariego del pícaro (el Lazarillo de Tormes se había publicado once años antes, en 1554). A ello se añade, como advertía fray Luis, la elegancia de un castellano que encierra, sin embargo, una difícil claridad, puesto que en Teresa de Jesús nos encontramos la dificultad de una voz, de un corazón, de una inteligencia enérgica y dubitativa, a la hora de decir lo indecible. Cuatro siglos después, nos toparemos con esta misma tarea hercúlea en el Ser y tiempo de Heidegger. En el castellano elegante de Teresa Cepeda hallaremos, además, expresión inmejorable de las asechanzas del siglo. “No sé cómo queremos vivir, pues es todo tan incierto!”, escribe en el Capítulo VI de Su vida. Con esto, Teresa de Ávila está señalando ya lo que, un siglo más tarde, sostendrán Bacon y Descartes, y lo que el médico Francisco Sánchez resume finalizando el XVI: Que nada se sabe.

Así pues, Teresa de Ávila, que ha leído las Cartas de san Jerónimo y las Confesiones de san Agustín, que ha soñado con redimir cautivos en el África al modo de la andante caballería, es una hija mayor del Quinientos en la que se anuncian, de forma estremecida y alta –recuerden la escultura del Bernini–, las inquietudes del siglo venidero. Inquietudes en las que el ser humano se halló solo –acaso como hoy– ante la vasta y rumorosa ajenidad del mundo.

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