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Vía Augusta
Alberto Grimaldi
28-F, 2025
Rebuscando en el cajón de los recuerdos encuentro uno en el que un hombre vestido de cura me hablaba cuando yo sería un niño de siete, ocho o nueve años: “Manolito, mira, para los cristianos la palabra Virgen es sinónimo de Madre, y el rocío es agua, y el agua es lo que nos da la vida. Y quien nos da la vida es Dios, ¿verdad? Pues Virgen del Rocío significa Madre de Dios, o Madre de Jesús, y por eso va siempre con su Hijo, con el Pastorcillo en sus brazos”. Monseñor don Juan Mairena Valdayo era quien me daba aquella clase particular de teología para infantes. No obstante, siempre tuvo una gran vinculación con la didáctica, siendo profesor de Derecho Canónico, transmitiendo a través de los libros que escribió o en los que colaboró, o dirigiendo el ya extinto Colegio Mayor San Pablo. Siempre con la Madre, un marianista y marianólogo reconocido y convencido. Una devoción que bien recogió la Diócesis de Huelva el pasado martes cuando anunciaba su fallecimiento, haciendo un llamamiento a la oración y a la intercesión de María en las advocaciones del Rocío, de la Cinta y de las Mercedes. Ese trazado de su origen con la patrona de Bollullos Par del Condado, a su vinculación con la ciudad de Huelva, y su dedicación de años a la Pastora madre del Pastorcito.
Sus méritos acumulados en su vida son muchos y pueden verlos en cualquiera de los obituarios publicados estos días. Seguramente destaca el hecho de haber participado en el Concilio Vaticano II, un bollullero entre los tres mil elegidos. Pero emocionalmente, para nuestra ciudad y provincia, fue determinante para la visita del Papa Juan Pablo II en 1993, de la que hasta hace poco guardé las banderas de tela del Vaticano y de España que ondeábamos al paso del papamóvil. Pero quienes alguna vez lo trataron estoy seguro que lo definen como un hombre bueno, profundamente bueno, sencillo, afable, afectuoso, siempre dispuesto a la sonrisa. Yo no puedo ni quiero renunciar a ese afecto hacia quien ofició mi primera comunión, con el recuerdo de su entrada previa preguntando “¿dónde está mi sobrino?”, porque mi apellido ya delata el parentesco. Un hombre bueno, cariñoso, que transmitía paz. Paz, qué concepto en estos tiempos. Estoy convencido de que tanta paz tiene como la que nos regaló. Tan convencido como que el próximo lunes de Pentecostés la Virgen del Rocío, con su Hijo en brazos, tendrá unas manos más que agarren su varales desde el cielo.
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