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En tránsito
Eduardo Jordá
Postal en el buzón
Aunque a algunos pueda parecerle extraño ahora, a principios de los años ochenta lo de defraudar a Hacienda era una cosa de lo más normal. Los españoles, unos valientes por entonces, se pasaban por el arco del triunfo lo de tener que pagar un impuesto por ganar más o menos pasta, así que el Gobierno de turno, supongo que creyendo que aquello de no declarar era más cosa de la ignorancia que de la pillería –se ve que no tenían mucha idea de cuál era el nivel de cara dura del español medio– se sacaron de la manga la famosa campaña de Hacienda somos todos, que aunque tuvo su impacto, probablemente no fue el esperado, porque resultó que los españoles descubrieron que la gracia estaba no en no hacer la declaración, sino en hacer trampas para no tener que pagar o incluso para que te devolvieran dinero. El Gobierno, que se dio cuenta del percal, se puso a buscar remedio y al Hacienda somos todos le añadieron la coletilla No nos engañemos, con la esperanza de que el eslogan nos remordiera la conciencia y relegáramos lo de las pirulas para el mus o el cinquillo. Fue en ese tiempo cuando la Administración cogió una curiosa costumbre que le viene funcionando desde entonces, y que consiste en cazar a algún famoso tramposete para demostrarle al personal que de Hacienda no se libraba ni dios ni rey (bueno… un rey hubo que sí), así que fue una faraona, Lola Flores, la primera famosa en recibir la estocada del fisco. Había, por lo visto, troleado la mujer a Hacienda con unos 200 milloncetes, que era la cantidad que los inspectores habían deducido –mirando revistas, y no es broma– que pudo haber ganado la artista entre los años 1982 y 1985, y que, sin embargo, no había declarado. Lo de menos, claro, era el dinero. Allí lo que interesaba era el impacto, y desde luego que fue grande; tanto que aún colea aquello de que si cada español le diera una peseta, ella “saldría de la deuda” y nos haría un concierto y hasta se tomaría una copita con cada uno de los 38 millones que éramos entonces.
Me acordé de Lola viendo a Junqueras por la tele esta semana, cuando le dio por jactarse de que el Gobierno le iba a perdonar a Cataluña no sé cuántos mil millones de euros. Luego salió la Montero, claro, para decirnos que nanai, que esto no es para ellos solo, sino que van a hacer una especie de orgía de la condonación y que les van a quitar a todos de su deuda, como diría Lola, obviando el detalle, claro, de que para que eso sea posible los españoles tendremos que poner bastante más de una peseta, cada uno, y esta vez sin conciertos ni copitas y, por supuesto, pagando a medias, te llames Paco u Oriol, que para esto de repartir una roncha lo mismo vale su dinero que el tuyo, aunque el tuyo no haya dado, en cuarenta y tantos años de IRPF, para tener ni un mísero Cercanías y el de ellos se haya estirado hasta el Olimpo.
Decía la consejera Carolina España que esto de la condonación es como cuando te vas a un restaurante con unos amigos y mientras unos “comen caviar y champán”, los demás se pillan un menú del día y al final pagan la cuenta entre todos. No seré yo quien le quite a la consejera la razón, porque así es, exactamente, como nos sentimos en Huelva, donde llevamos décadas pagando lo mismo que los demás y solo nos comemos las sobras. Que, por no tener, no tenemos ni un hospital en el que puedan operar con seguridad a nuestros hijos, que ya hay que ser miserable, unos y otros, para hacerle algo así a nadie.
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