La tribuna
El despejado camino del separatismo
La tribuna
Corpore insepulto se dice de la exposición pública de un cuerpo, ahora cadáver. No hay nada más real que el cuerpo, soporte último de todo lo humano. Nacemos, envejecemos con él y con él morimos y desaparecemos. Y, sin embargo, reconocer nuestro cuerpo, incluso solo el esquema corporal (la fachada), es un arduo trabajo que no siempre se consigue. Reconocernos obliga a un cierto distanciamiento. Un salirse de sí, un extrañamiento que no es sino una forma primaria de disociación o, utilizando un término clínico, de enajenación, fundamento de todos los dualismos que en la historia han sido. Porque, antes o después, el cuerpo termina siendo para el hombre un lastre para alcanzar sus sueños y sus deseos. La historia de una serie ininterrumpida de escaramuzas, en la que los momentos de placer se alternan con los de dolor y sufrimiento. Una guerra que sabemos perdida de antemano pues la última palabra la tiene ese cuerpo mortal que se impondrá ineluctablemente a nuestro instinto de supervivencia, a nuestro anhelo de inmortalidad. En la tradición cristiana el cuerpo representado por la “carne” es, junto al “mundo” (el secularismo) y el “demonio” (el Ángel que quiso ser como Dios), uno de los tres enemigos del alma. Esta tradición dualista alma-cuerpo, ha continuado, aunque atemperada, con la separación entre alma y psique y entre psique y mente. Esta encarnación del alma como psique primero y después como mente, permitió la conciliación con los viejos monismos que encontraron en la ciencia su mejor respaldo. Solo somos cuerpo humano dice la neurociencia y frente a esta evidencia se estrellan nuestras fantasías, nuestros sueños y nuestras esperanzas. Pero los humanos no descansan, no se resignan a vivir en esa “cárcel del alma” que es el cuerpo y no dejan de imaginar maneras de liberarse de las cadenas a las que las concepciones monistas condenan. En la tradición cristiana al cuerpo (“la carne”) hay que temer y domeñar, pero, “como sagrario del alma” hay, también, que cuidarlo y respetarlo. Decía Laín Entralgo que la salud implica una especie de silencio del cuerpo, pues cuando el cuerpo “habla” no suele ser portador de buenas noticias, resumiendo así, de alguna manera, los fundamentos del viejo humanismo médico. Sin embargo, a lo largo del siglo XX el viejo “mens sano in corpore sano” ha dejado de tener sentido pues el objetivo ya, es solo el cuerpo sano y si es necesario, mejorado, tuneado, performado, cultivado, aún a riesgo de que tratado el cuerpo como objeto toda la persona sea convertida en tal. Una exaltación monotemática del cuerpo, un cuerpo ahora divinizado, que en sus formas actuales ha terminado, paradójicamente, en una nueva forma de dualismo. Son los casos, por ejemplo, de la negación moderna del sexo como el resultado de la evolución (biológica), ahora sustituido por el género como opción personal. Para la ideología de género la identidad sexual humana no vendría marcada por la biología sino por algo inmaterial, inconcreto, inasible, como un sentimiento que, separado de lo corporal, deviene abstracto e indefinible. El otro ejemplo de relativismo moderno sobre el cuerpo es el proyecto transhumanista que utilizando las posibilidades que va ofreciendo el desarrollo biotecnológico y cibernético tiene como objetivo el mejoramiento biológico y la pretensión utópica de conseguir una sociedad posthumana, carente ya de los grandes problemas que aquejan a las sociedades simplemente humanas. Un cuerpo que podría ser manipulado hasta incluso su sustitución, pues al fin y al cabo para el transhumanismo el cuerpo no sería sino un mero soporte de la conciencia, de la mente que como entidad independiente del cuerpo podría en última instancia ser volcada a otro soporte no biológico. La paradoja es que desde estas nuevas perspectivas la verdadera realidad sería espiritual o mejor inmaterial y en todo caso desvinculada de la corporalidad. Pero, volviendo al principio, los humanos nunca se han resignado a aceptar las limitaciones que su corporalidad les impone. Los médicos y la medicina en su empeño por luchar contra el dolor, la enfermedad, el sufrimiento y hasta la muerte, sabemos algo de eso. El error de estos nuevos dualismos, como la teoría de género o el transhumanismo, estriba en la consideración del cuerpo como algo ajeno a la identidad humana y en la ignorancia, cuando no el desprecio, del carácter público de todo cuerpo humano que es solo concebible (incluso sólo puede sobrevivir) inmerso en un espacio compartido por otros muchos cuerpos humanos y no humanos. Un medio (ambiente), del que los humanos se nutren y al que los humanos aportan eso que mucho después se llamaría cultura sin la cual no podrían vivir ni sobrevivir. Un dualismo postmodermo que ha sustituido a la vieja alma que hacia pareja de baile con el cuerpo, por un inmaterialismo de nuevo cuño que cada día se parece más a un espiritualismo sin espíritu a un teísmo sin Teo.
A lo largo de su historia la naturaleza ha ido construyendo un cuerpo filogenéticamente inacabado, dotado de la capacidad de hacer preguntas sobre sí mismo para las que no tiene respuestas. Es de esa impotencia de donde nace ese malestar, ese extrañamiento que convierte a los seres humanos en sujetos muy peligrosos para sí mismos, para su especie y, también, para el resto de los seres animados. Hoy nos sobran los ejemplos.
También te puede interesar
La tribuna
El despejado camino del separatismo
La tribuna
El cuerpo como disculpa
La tribuna
Trashumancia
La tribuna
Escolarización y educación